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Cuando te planteas expectativas frente a algo, pueden pasar dos cosas significativas, la primera es que ratifiques todo lo bueno y positivo que habías pensado con respecto a ese tercero o tercera, llámese: situación específica, animal, persona u objeto inanimado. La segunda y es la que motiva este artículo, es la decepcionante y cruda realidad al respecto de ese qué o cuál, al que es mejor no dar nombres en este constructo.
Cuando pisé la ciudad capital me encontré con un nuevo y maravilloso mundo, y lo digo porque vaya que si ha cambiado la ciudad desde mi última visita. No solo en el aspecto físico de la misma, también lo digo por sus innumerables habitantes multiculturales, que al aparecer en los últimos años se ha duplicado, sin dejar de mencionar las magníficas libertades de las que se goza independientemente de tu tendencia, raza, origen o religión. Resulta a mis ojos un hecho bastante aliviante dado que en mi época, y lo digo sin querer sonar a “mujer de antaño”, que la vida en Bogotá hoy por hoy presenta más garantías y tolerancia de la que en años pasados se podía respirar. Con lo anterior no quiero decir que esta sea la ciudad de las maravillas ni el mejor ejemplo de perfeccionismo, puesto que aún existen cosillas y hechos dignos de análisis con lupa, y que requieren imperiosamente todavía avasallantes movimientos de activismo y educación, que promuevan no solo la convivencia pacífica de partes, sino que también dé mejores muestras de solidaridad con respecto a la comunidad homosexual en el amplio y ancho territorio capitalino.
Sin embargo, no puedo dejar de sentirme motivada y alegre, ya que por mi paso en los diferente escenarios diversos de los que fui testigo, es inevitable dejar estampada mi gran complacencia por el trabajo de las diferentes organizaciones, grupos, partidos etc., que día tras día trabajan sin más satisfacción que abrir caminos de equidad para quienes nos sentimos identificados con la diversidad y las manifestaciones de ésta. No quiero sonar a discurso incluyente o veintejuliero muy al estilo presidencial, ¡no! De ningún modo, pero sí quiero dejar muy claro que el trabajo de todos en beneficio de todos hace diferencias y deja en la retina de foráneos como yo, una huella invaluable de satisfacción y orgullo.
Pero como todo en el mundo no es color rosa, puesto que la realidad está muy lejos de ser una novela al estilo Corín Tellado, o para que me entiendan mejor las generaciones nuevas, muy lejos de ser un seriado L world; Entonces quiero aclarar que la moneda tiene dos partes y aunque una sea tremendamente maravillosa, la otra se encarga de darnos esa dosis de amargura, pero de significativa reflexión.
Desde que tengo uso de razón y desde que me gradué de psicóloga, he tenido claro que las relaciones humanas están tristemente condenadas al error, el desapego, el mal entendido y las discrepancias, y es sencillamente porque somos seres diferentes, multiculturales, y definitivamente con búsquedas y construcción diferentes de la razón, cosa que hasta la fecha no solo me ha dado para vivir muy bien, y no quiero bajo ningún punto entrar a polémicas de cuestionamiento profesional, pero si dejar sentado que la psicología me ha dado para entender y no satanizar, pero también para analizar y desarrollar pautas que ayuden a gente incapaz de hacerlo por sí misma, llenar espacios vacíos con una explicación lógica a comportamientos que, por complejos que parezcan, tienen una razón de ser válida y respetable, que muchas veces las personas quieren oír para poder autocomplacerse y seguir el rumbo de sus vidas de una mejor manera. Lo curiosos de esto, es que no todo mundo tiene la gentileza de buscar refugios profesionales a sus conductas, si no que prefieren empíricamente resolverlos de la mejor manera en su parecer, y resultan degenerando todos los vínculos afectivos y de apego que se encuentran ligados a su centro y eso se convierte en una cadena de vicios mal sanos de nivel emocional, que promueven la intolerancia, el irrespeto o sencillamente la inmadurez tipo adolescente en la edad de los treinta, cosa que es sustancialmente ridículo.
Con lo anterior quiero hacer referencia al mundo de costumbres mal sanas de sembrar sentimientos negativos en los demás cuando no se está de acuerdo con una filosofía, y lo peor de todo es que sin argumento alguno, pretenden emprender una batalla ideológica contra algo o alguien que está constituido, que goza de credibilidad y buen nombre. Reitero que esto no solo afecta a quienes tratamos de llegar y sencillamente gozar de la creencia que hemos construido aunque sea detrás de una pantalla, si no también a quienes activamente de cuerpo presente tienen algo que ver con la causa. Creo que es mi derecho elegir si quiero o no seguir en el mismo camino, y no doy pie para que nadie denigre o plague de improperios una idea que he tejido, con carisma, autocriterio y conciencia.
Degeneres-E, quiero, sentar mi voto de protesta, en contra de las malas costumbres, de la intolerancia, de la mala fe, de los comportamientos inapropiado de las participantes, que hacen parecer a la organización como un preludio de desorden, y centralización de lucro. Quiero que sepan que personas como yo estamos presente, que aunque lejos pero cerca sabemos poco, pero lo suficiente, para tener claro que hay cosas que cambiar, pero que no son el pie para pordebajear el buen nombre de lo grande que son, y de lo han logrado en tan poco.
Quiero también aclarar que la mala idea de grupo, que manejan muchas de las participantes de esta organización tira al piso la labor filosófica de lo que Degeneres-E representa, puesto que estoy convencida, que esto es más que 10 muchachitas haciendo mal uso de su tendencia lesbiana, para dar rienda suelta a la promiscuidad y a prácticas reprobables de cultura y personalidad, cosa que además de parecerme grave es perjudicial para la tarea que pretenden impartir.
A las participantes de esta causa, diré, que el ser líder, no es una cuestión de protagonismo, ni de maravillas escénicas en los lugares donde está presente la diversidad, mucho menos, de mandos de direcciones o de poderío. Esto requiere más de cultura, de amor, de educación de poco morbo, y de trabajar en pro a los beneficios colectivos y menos a los particulares, sin perjudicar nuestra valía o creencias. Si quieren sentar cambios verdaderos, debemos empezar a promover las buenas costumbres, las practicas sanas, dejar de lado los exclusivismos sectorizados y las malas concesiones de grupo, que al final de cuenta solo dejan un mal sabor de boca y un cúmulo innumerable de experiencias poco agradables en nuestro haber. Comprender que la madurez poco tiene que ver con la edad, pero sí con las cosas vividas, y hacer que estas valgan con sensatez, es la mejor manera de mostrarle al mundo que las Lesbianas estamos muy lejos de ser la triste imagen que hoy inspiraron los párrafos de esta triste y decepcionante bitácora.
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