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Confesiones de transexuales, travestis, transformistas y otros transgresores E-Mail
Escrito por Arnoldo Mutis   
domingo, 26 de noviembre de 2006
Un transexual, un travesti y el primer activista gay de Colombia, revelaron lo que es vivir en contravía de un mundo que llora y ríe con estos estilos poco usuales de amar y de vivir en las pantallas, pero que no termina por aceptarlos del todo en la realidad.

Sean Connery se viste de novia en Zardoz. Miguel Bosé se transforma en cupletera en Tacones lejanos. Dustin Hoffman engaña a medio mundo como la encantadora Tootsie. A Gael García se le insinúan unas seductoras curvas en La mala educación. En los culebrones latinoamericanos, es un lugar común el caso de la ex Miss Universo que finge ser un muchacho y pone en aprietos a su galán, todo un macho, que no sabe qué hacer porque se enamoró de otro hombre. En Colombia, Endry Cardeño cobra celebridad como el primer travesti que protagoniza una telenovela.


Como estos, hay muchos otros ejemplos que recuerdan que los travestis van y vienen por la pantalla desde hace varias décadas. Pero ahora la pregunta es: ¿Están de moda?

Con su lenguaje directo, un experto en el tema responde: "La maricada vende". Manuel Antonio Velandia, el hombre que inició hace más de 25 años el movimiento gay en Colombia, no se engaña. Asegura que no es que haya una apertura mental hacia el tema, sino que lo escabroso, lo que la gente concibe como morboso, produce una fascinación que sube los ratings de sintonía y atrae multitudes a las taquillas.

La afición al chisme y a meterse en la vida íntima de los demás, son otras dos tendencias que hacen más caliente el tópico de la homosexualidad, por ese halo oculto que la circunda. Además, agrega el mismo Velandia, para muchos personajes de los medios, llevar el tema a la escena es hablar de sí mismos de una manera implícita que les da cierta tranquilidad.

De nuevo, la realidad es más sabia que la ficción. No hay pantallazo, superestrella de cine o libretista merecedor del Oscar capaces de desentrañar o narrar fielmente el drama que tejen las vidas de aquellos que un día resolvieron vestirse, actuar y, en pocas palabras, vivir como mujeres habiendo nacido hombres y viceversa. Eso es para los estudiosos de la sexualidad su arista más atrayente: su infinita gama de vertientes siempre en construcción.


Historia de Johana

A esa variedad pertenece la historia de Juan, o Johana*, como se le conoce ahora. Desde la niñez, odió los trabajos rudos que le imponía la vida del campo. Pero por miedo a ser tildado de 'gallina', se enlistó en el ejército de Argentina, su país, donde como infante de marina participó en la Guerra de Las Malvinas, en 1982. Cuando el conflicto acabó, siguió en la milicia. Iba de fiesta con sus compañeros, pero se les escabullía apenas la juerga pasaba a los burdeles. No le atraía el amor físico. Quería encontrar una mujer para amarla de verdad. La encontró, se casó con ella y tuvieron dos hijas que hoy lo aceptan como Johana.

Antes de este relativo final feliz, la normalidad de la vida sexual de Juan se rompió el día en que la pasión entre él y su mujer se apagó. Se hicieron buenos amigos y en medio de esa decadencia matrimonial, se hizo marino de una naviera mercante. En ese ir y venir por varios países se transformó. Su pecho comenzó a inflamarse y su sexo se le atrofiaba. Un médico le dijo que ahora empezaban a aflorar en él los órganos femeninos con los que también había nacido. Se estaba convirtiendo en mujer.

Con la tragedia a cuestas, regresó con su familia, que tuvo que acostumbrarse a verlo vestido con ropa femenina. Sus hijas eran muy pequeñas entonces y no captaban la verdad de la situación. Pero en la pequeña ciudad donde vivían, el escándalo estalló y aquel ser intersexual, como se llama científicamente a su caso, se vio rezagado de los trabajos tradicionalmente masculinos que de todas maneras podía y debía realizar para sostener su hogar. Ni pagando 'altas comisiones' a los contratistas pudo lograr un empleo. Su cabello largo y su busto incipiente sumían en el estupor a quienes lo vieron nacer como hombre.

Pese a todo lo que se hablaba de él en esos días, nunca tuvo amantes homosexuales, ni siendo hombre ni siendo mujer, aunque no fueron pocos los que se le insinuaron en sus viajes. Finalmente, su mujer lo abandonó. El golpe fue muy duro para él, quien encontraba en ella y sus dos pequeñas un tierno sentimiento que apaciguaba su tormento.

Resolvió volverse definitivamente mujer y, aunque satisfecho por ello, vio venir los tiempos más difíciles de su inusual condición. Como uno más en la gran ciudad de Buenos Aires, supo que tenía que someterse a una operación para quedar con un sólo sexo. El problema era que no estaban a su alcance los cinco mil dólares que costaba la llave para darle un respiro a su existencia. Luego de desfilar por fábricas, talleres, flotas de camiones y empresas donde logró emplearse como mensajero, Juan tuvo en su bolsillo el dinero para la intervención, que terminó multiplicándose por dos, con 18 meses de intervalo. Así, 15 años después de manifestarse en él su intersexualidad, pudo verse ante el espejo como una mujer llamada Johana.

Sin embargo, el telón de la tragedia no caía aún. "La gente es mala. Miles de pederastas son aceptados o perdonados. Miles de maridos llevan una vida homosexual oculta. Y a mí, que nunca fui promiscua ni me metí con niños, me tocó tragarme la rabia ante las burlas perversas y la censura", relata.

"¿Es usted hombre o mujer?" Era este el interrogante de rigor cuando iba en busca de un nuevo documento de identidad. "Hay que ser lo uno o lo otro, pero no ninguno de los dos, ni los dos", le explicaban con algo de sorna las decenas de funcionarios que tuvo que enfrentar, sin ningún resultado. Tampoco tuvieron éxito sus intentos de reintegrarse al lugar donde había nacido. Siempre le exigían probar que era una mujer de verdad y sólo a costa de insistir pudo emplearse, pero bajo la identidad de Juan.

Cansado de ser la atracción turística del lugar y el blanco de toda suerte de sarcasmos, volvió a la ciudad, donde lo esperaban complicadas historias de amor. En una floristería, conoció a su primer novio. El flechazo fue instantáneo, mas no se fue a la cama con él en la primera noche. "Cuando ese momento llegó, me entregué como toda una mujer, deseosa por primera vez de un hombre. Cuando la relación tomó vuelo, Johana decidió contarle a su enamorado la verdad. Él se resistió y la dejó. Después vinieron unas cuantas experiencias más que estuvieron a punto de terminar en boda. Como sus papeles no estaban en orden todavía, ella dilataba el compromiso, lo que terminaba por desilusionar a los galanes. Ya madura, identificada oficialmente como Johana, sigue esperando la aparición de un hombre con quien compartir "una experiencia franca y pura".

Mientras, conturbada no pocas veces por los fantasmas del pasado, suelta su melena al viento y sale a perderse por las calles, a confundirse entre esa multitud a la que ruega desde el silencio que acepte su nuevo sexo, que respete a la verdadera fémina que hoy es y será hasta que muera.

Johana es una de las pocas transexuales que se atreven a dar su impresionante testimonio. De acuerdo con Velandia, personas como ella se niegan a crear condiciones para ser estigmatizadas. Además, como su situación hace parte de la intimidad, hacerlo público requiere preparación y asumir unos riesgos que no siempre están dispuestas a correr. Lo dice él, que por el sólo hecho de declararse como un hombre homosexual y por su activismo, sufrió un atentado con granada. Lo asegura gracias a los miles de testimonios que ha recogido como filósofo, sociólogo e investigador. Y lo confirma mucho más luego de conocer casos en que la guerrilla o el paramilitarismo desterraron de sus ciudades a ciudadanos que optaron por vertientes sexuales que confrontan a la tradición.

Más probable es oír las voces de un homosexual, de una lesbiana y especialmente de un travesti o un transformista, ya que estos dos últimos comportamientos implican de cierta manera una tendencia al exhibicionismo. Antes de seguir, es conveniente aclarar en qué consiste cada una de estas opciones.

Como lo explica el experto, cuando se habla de orientación sexual se habla de homosexualidad, lesbianidad, heterosexualidad y bisexualidad. Desde el punto de vista del cuerpo, hay machos, hembras e intersexuales, es decir, sujetos con genitales tanto de hombre como de mujer, donde se puede incluir el caso de Johana.

Si se aborda el tema por el lado del género surgen lo masculino, lo femenino y los tránsitos identitarios de género de lo femenino a lo masculino, de lo masculino a lo femenino y de vertientes intermedias, como la androginia.

La relación entre cuerpo, sexo y género también suscita posibilidades. Allí se enmarcan los transexuales, o personas que quieren cambiar la anatomía del sexo con que nacieron a través de cirugías. En Colombia, estos casos son "más frecuentes de los que la gente quisiera aceptar, pero mucho menos frecuentes de lo que debiera ser, si realmente buscamos ciudadanos realmente felices", al decir del investigador colombiano. Por su parte, el sexólogo y cirujano chileno Eduardo Salas afirma que por cada diez hombres que se someten a este procedimiento, una mujer lo hace.

La baraja se extiende cuando se trata de maneras de obtener placer. Ayer eran conocidas como parafilias y mucho antes como aberraciones. Hoy se les llama científicamente 'expresiones comportamentales sexuales', para liberarlas de esa carga peyorativa. En la escala de Kinsey, explica Velandia, esas expresiones van de 0 a 6 y son comunes a todos los seres humanos. "Todos tenemos algo de sádicos y de masoquistas, de exhibicionistas, de voyeristras", agrega.

Tales fuentes de placer incluyen a las relacionadas con el vestido. Los fetichistas disfrutan con un brasier, unos calcetines masculinos o unas bragas. Allí tienen su lugar también los travestis, que gozan luciendo prendas y accesorios considerados femeninos. En ese grupo se ubica Daniela*, quien de cierta manera también es una transexual que ofrece sus favores en las calles del norte de Bogotá


A carcajadas con Daniela

Ella narra su vida a través de una serie de episodios en donde es la niña diferente, la adolescente incomprendida, la heroína en peligro, la mujer guerrera que vence duros retos, la bella pícara que seduce a todos con su carisma e incomparable belleza, en fin. Cuando tenía 12 años, se hartó del maltrato que le daba su padre y huyó a Bogotá. Luego de verse en peligro a manos de un explotador sexual, pudo escapar y devolverse para su natal Mompox, donde su padre la recibió indiferente y la siguió coaccionando severamente para que siguiera su ejemplo y "fuera un macho".

Esa era la causa de todos sus problemas. Daniela había nacido varón, pero desde que tuvo uso de razón quiso ser mujer. "Mi fuerza, mis ademanes y mi actitud, eran de niña. Yo era muy hembra", afirma al recordar su vida en esos días. Tan hembra se sentía, que ya le gustaban el maquillaje y los brasieres. Quizá por el influjo de la mente y el deseo, sus curvas se iban acentuando. "No podía ver a los hombres porque se me erizaba la piel. Yo ya sabía lo que quería". Ahí comenzó su vida de travesti, pero debía pasar mucho tiempo antes de que pudiera definitivamente "salir del clóset".

En esa época sólo se llamaba Daniela dentro del mundo interior que edificó, por encima de la tragedia de ser diferente. Así, todo lo que tenía que vivir como mujer le llegó. El primer baile, los aplausos en la presentación de danzas y hasta el primer novio, un compañerito del colegio, a donde no pudo seguir asistiendo por la cruel terquedad de su padre, quien se negó a seguir apoyando a un "maricón".

Con la pueblerina sociedad en su contra, partió a Barranquilla a vivir en la casa de unas tías. Allí conoció a un teniente retirado del Ejército, casado y padre de dos hijos, con quien sostuvo un romance "muy puro", porque eran como noviecitos de 15. En esa época "era toda seriecita", recuerda. "No trabajaba como Daniela, pero ya la llevaba dentro". Era un hombre muy femenino, de jeans muy ajustados y curvas al acecho, que también hicieron entrar en sospechas a las tías y a todo el mundo. "Imagínate, el cuerpo que tengo siempre lo he tenido. Me he cuidado mucho siempre".

Se refiere a una silueta a simple vista femenina, pero que observada en detalle no puede ocultar su armazón originalmente masculina. Quedan trazos todavía de cierta musculatura. Los senos son un par de tetillas abultadas, a lo mejor por el efecto de algún tratamiento con hormonas, aunque su dueña sostiene que son "absolutamente naturales". Algún día aspira a aumentar su escaso tamaño en el quirófano.

Ya no quiere recordar su nombre masculino porque la que sobrevivió fue Daniela, la que cumplió el sueño de ser "ella", un triunfo que parece celebrar a cada instante, con su copiosa risa, pues estalla en carcajadas cada medio minuto con sus gruesos labios pintados de rosa mate.

El triunfo de Daniela comenzó a gestarse cuando ella ahorró algo de dinero y decidió viajar a Bogotá. "Allí comenzó mi vida como una mujer completamente definida y arriesgada, porque no todo el mundo es apto para esto. Hay que tener cojones", concluye hoy, once años después de haberse bajado del bus que la trajo de Barranquilla.

A los ocho días, ya había conseguido trabajo como masajista interna en Pecos Club, un reservado del barrio Palermo. Ganaba desde 40 mil hasta 200 mil pesos. Un militar retirado volvió a ser entonces su benefactor. Luego trabajó en un bailadero gay de la avenida Caracas con calle 53. "Era muy concurrido, pero de mala muerte", cuenta ella, pero fue el sitio donde obtuvo uno de sus mayores éxitos como Daniela, al ser elegida como Miss Universo.

En Génesis, otro bar, siguió siendo la estrella con su espectáculo de fonomímicas de canciones de Ana Gabriel, Rocío Durcal y otras divas favoritas del público gay. Luego trabajó en un restaurante y más tarde retomó la vida 'artística' que hoy comparte con el oficio de trabajadora sexual, de donde obtiene el dinero para vivir y para sostener a su madre y a su hermana, quien es inválida.

Así como se reserva el nombre que le dieron cuando nació, no dice tampoco cómo se llama el lugar donde hoy ofrece sus servicios. Lo cierto es que su clientela está conformada por hombres pertenecientes a los estratos 4 a 6. Allí la misión de Daniela también es acompañarlos a consumir los costosos tragos por los cuales ella gana un porcentaje. Luego de tantas noches, ha podido extraer sus propias conclusiones acerca de las tendencias eróticas de acuerdo con el poder adquisitivo y la clase social. A carcajadas, cuenta que "la gente de los estratos 5 y 6 es la más perversa, enferma sexualmente y morbosa que he conocido en mi vida".

Al respecto, Manuel Velandia afirma que los estratos 0, 1 y 2, pese a la violencia intrafamiliar frecuente en ellos, son más tranquilos, mientras que en las escalas siguientes la aceptación de un hijo o hija gay se ven afectadas por los prejuicios y las apariencias sociales.

"Fuera el tapujo, fuera el clóset, que viva el amor, que viva la felicidad; seamos y demostremos lo que somos. Yo soy mujer las 24 horas del día y de noche aun más", exclama Daniela, quien no se ha decidido a realizarse el cambio de sexo porque, asegura, ese es el gran secreto de los travestis para complacer a los hombres.

"Me hubiera gustado ser una mujer completamente, pero a lo mejor él me puso como un ejemplo para la sociedad. Para bien o para mal, aquí estoy", concluye esta reina de la noche bogotana.

A la final, la identidad sexual, según las conclusiones de Velandia, no es fija sino móvil. Cambia de acuerdo con el tiempo, la sociedad, la cultura y el tipo de relaciones que se establecen consigo mismos y con los demás. Nadie vive la sexualidad en el 'deber ser', sino que la busca en el 'querer ser', mas le toca 'estar siendo' por las presiones externas. Y es esa la nota libertaria y sublimemente humana que exhalan las historias de las millones de Johanas y Danielas que hoy viven en contravía con el mundo.

*Los nombres y los lugares han sido cambiados para proteger la identidad de los protagonistas.

Tomado de Fuscia 



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