El amor es eterno mientras dura; quien dijo por primera vez esta frase, tenía la jeta llena de razón; dice un amigo, que se ha acostado con más de un par de manes, que él siempre se enamora, aunque sea por una noche; que cuando se acuesta con alguien, se imagina una vida juntos.
En mi caso la cosa ha sido un poco diferente, a pocas he querido realmente, pero las he querido y las quiero para siempre.
Todo empezó en cada caso con los ojos, cómo recuerdo los suyos frente a un helado en Unicentro... empezó con el roce involuntario, como su pierna tocando la mía en la sala de mi casa una noche de diciembre... cuando sentía un deseo inmenso de besarla pero era prohibido que lo hiciera y cuando el hacerlo, valió la pena...
Después vinieron los ojitos que al cerrarse vuelven a mostrar su imagen y le alegran a uno el momento que no tiene que ver con ellas, se vive eso tres meses dice otro amigo, que en cosas del amor siempre ha tenido el buen tino, para mí siempre hay alguna imagen que de cuando en cuando vuelve a la memoria, todavía.
¿Cuánto dura el amor entonces? Creo yo, que dura hasta el momento en que se acaben las sonrisas; se acaba justo cuando me han pedido más palabras y me he negado a decirlas, cuando he callado porque no hay manera de darle otro argumento y se han silenciado frente a mí en un lugar cualquiera, con los ojos de frente y ni rastro de chispas.
Entonces juramos menos niñerías, más tiempo juntas como por no dejar que muera lo que se sentía seguro y un menos tiempo juntas y más espacio nos recibe, un no al cine, a la pasta y a la visita al dentista... ella ya no quiere intentarlo y entonces, aunque duela el dedo, dejamos de marcar ese número.
Decía alguien a quien quiero mucho, que el amor no se remienda, pero siempre intenté mil veces remendarlo y tienen razón, lo admito hoy con algo de rubor de mejilla, el amor no se remienda...
Le dije a alguien una vez, cuando me dijo que me haría daño: a mí no me importa, quiero clavar esa espina en mi pecho para hacer con mi sangre la rosa del ruiseñor, yo siempre la querré bien a usted, que sea ésa mi imagen, no la suya de te hiero, que la mía de te amo sea más grande a la hora de talar el árbol y ver los anillos que marcaron sus amores.
No importa cuántas veces clave usted el puñal de su ausencia, hasta que un día, sin explicación presente diga yo, no más, basta y la siga queriendo, pero distinto, como un objeto que se averió, pero seguimos guardando; claro, cómo no quererlas si me enamoré de ellas hace tiempos y a mí los amores me duran siempre aunque se transformen.
Despedirlas es siempre un conflicto, pero uno bueno, las deja una en buenas manos, que les brillen los ojitos con las nuevas damas, que les duren los te quieros y las ganas de hacer roña de domingo en día de semana.
Siempre vendrá alguien más, que tenga algo que ver con uno, alguien que vuele más alto, que sea más inteligente, que sea más bella, que sonría particularmente y muestre hoyuelo, que propicie poemas, que los merezca, que se conmueva y te conmueva, que no importe, como en guerra, lo que toque hacer por ella.
Entonces, despedirlas es más fácil para entronar a las nuevas.
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