 Barranquilla, jueves por la noche, evento cultural muy importante. Yo me encuentro, por supuesto, trabajando, no disfrutando del espectáculo musical por el que los asistentes se dieron cita. Mi amiga, de quien sospeché durante 8 años que era gay y lo confirmé hace otros 8, llega al evento acompañada de una nena que trabaja en una oficina que yo frecuento mucho. Con su andar serio y su reputación laboral intacta, a nadie se le hubiera venido a la mente lo que yo constaté con una sola mirada al saludarla y que no se me había ocurrido hasta ese día: ¡ésta es lesbiana!
En Barranquilla todo el mundo es gay. En serio, pese a lo que esta frase pueda escandalizar a mi novia. La cajera del supermercado, el profesor de filosofía, la abogada, el jefe de prensa, la poeta, el ingeniero, la directora o director de una fundación; de hecho, hay tantos directores y presidentes de corporaciones y empresas, que yo he empezado a preguntarme por qué no tengo un trabajo mejor al lado de alguno de estos eminentes gays. Barranquilla, otra vez. Martes por la mañana. Me dirijo a sacar unas fotocopias y detrás de la joven que me atiende, está una chica que a todas leguas se nota que es gay. Bueno, no a todas leguas, pero para mí está bastante claro. Aunque soy una mujer súper comprometida, pienso que sólo una cosa supera el provocar a una hetero y es provocar a una lesbiana: decirle de alguna manera: ya lo sé, y yo también lo soy. Entonces alguien llegó a decirle a la nena en cuestión que qué quería almorzar. En la lista que le leyó se encontraba la carne asada, el pollo a la plancha y el mote de queso. Yo, que soy como soy, me metí en la conversación y, mirándola fijamente a los ojos le dije: ahí no hay discusión: gana el mote de queso. Y la nena, mirándome fijamente a los ojos le responde al del restaurante: entonces que sea mote. Pero resulta que aunque en Barranquilla haya tantos que gustan de personas de su mismo sexo, cosa que yo compruebo día tras día, engrosando mi lista, parece que nadie lo fuera: la ignorancia y la intolerancia es enorme, y los espacios para los homosexuales no sólo son reducidos, sino que la mayoría no son de mi gusto. Pero es que el problema es más de fondo: en esta ciudad, los espacios para la poesía, el cine, la conversación son escasos y los de los gay son sólo un reflejo de esto. Todo lo que no es carnaval, parece que perteneciera a un orden que está condenado a desparecer o sobrevivir con muchísimo esfuerzo. Por eso el desfile del Carnaval Gay, vistoso, hermoso y espectacular, tiene su espacio en nuestras fiestas, pero son vistos aún como bichos raros. Los hombres homosexuales para divertir a la multitud con sus ocurrencias y las lesbianas para incitar la imaginación de los hetero. A veces tengo la fantasía de que todos los talentosos, inteligentísimos, famosos y admirables gays de nuestro país salen del clóset y le dicen a los heteros en sus caras: ¿no y que me admirabas?, pues resulta que soy gay. Pero no, las que viven predicando sus fantasías homo en los medios de comunicación son estas muchachitas que, deseosas de vender un libro o un trabajo musical, se besuquean con otra nena, deseosa también de aparecer en una revista o ser entrevistada por Julio, pero que al preguntarles por su inclinación homosexual salen al decir: “¡No, yo no soy gay! Eso lo hicimos porque nos pareció una propuesta artística súper fuerte. Pero no me malentiendan: tengo muchos amigos gay”. Plop. Y, ¡zas!, la sana discusión sobre la vida y sentimientos de un homosexual acaba allí. Entonces es como si fuéramos invisibles, pero resulta que estamos por todos lados. El episodio de la fotocopiadora, para la tranquilidad de todas las que leen esto, no llegó a mayores y mi novia tiene bien claro que yo soy la mujer más coqueta del mundo, pero que no me dejo tocar un pelo de nadie más que de ella (y en todos estos años no ha cambiado ni lo primero, ni lo segundo). Pero de alguna manera sigo en mi búsqueda, lanzando por todos lados mis rayos ultravioleta (o ultrarosa) para detectar a los que son como yo y sonreírles desde el corazón. Hace poco volví a esa oficina que frecuento mucho, a visitar a un amigo que trabaja allí (y adivinen: ¡es gay!) y él me contó cómo conoció a su novio: “me lo presentó esta chica, en el bar tal, ¿tú sabías que ella era gay?” Y yo pienso que no lo sabía, pero que de alguna forma, uno siempre sabe.♣ Puedes escribirle a la autora a
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