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Desde que tenía once años sabía que algo ocurría en mí. ¿Pero qué? era la gran pregunta. No lo podía definir con palabras, era algo extraño, demasiado: miraba a mis compañeritas de cole que, no sé, tenían una cosa inexplicable que me atraía. Entonces no le di la suficiente importancia y sólo me limité a tomarlo como: “Quiero demasiado a mis amigas”. Con once años qué me iba a imaginar. Quizás el exceso de caricaturas todavía me tenía en un mundo de fantasía. Recuerdo que amaba ver Sailor Moon, Ranma ½, Caballeros del Zodíaco, Verde Manzana, Alf, Popeye, los Súper Campeones, pero el tiempo avanzaba y no hallaba una respuesta sobre lo que me pasaba. Al cumplir los 12 seguía con ese “exceso” de amor por mis amigas, todo muy casual, y simplemente pasó algo “una tarde de abril", cuando me robaron el primer besito. Me lo robó mi mejor amiga (Natalia); recuerdo tanto ese beso, ¡por dios un éxtasis, la locura total!
Si ya se sonó muy gay pero qué se hace. Luego les contaré cómo me ha ido en el amor y por qué no quiero creer en él. Me sentí medio pecaminosa: ustedes saben lo que es tener una familia con padres súper católicos; no sabía qué hacer, pero de forma irónica al siguiente día Natalia me dijo que todo había sido porque había querido experimentar. ¡Grrrrrrrrr! Esa respuesta no me gustó, la verdad, en fin.
Eso me hizo pensar en muchas cosas, pero suspiraba siempre que me acordaba de ello, estaba confundida. Pensaba que quizás era el desarrollo, pero no. Nací así, lo acepto. Mi madre es una de esas personas que no me dejó salir nunca a eventos ni fiestas; mi compañía era el programa El Clóset, que emitía una emisora que se llamó la Super Estación. Ese programa me hizo ver la luz al final del túnel, saber que no era la única que estaba reprimida por tener como estructura innata la homosexualidad. Así cumplí los 13, 14, 15 y estaba un poco confundida por ello, pero trataba de ocultarlo. La pena me invadía porque mi familia es homofóbica. Entonces llegaron los 16 y yo sabía que había aceptado mi condición hacia mucho tiempo, y que ya no más, ¡revolución!
Cinco días antes de cumplir los 17, me metí una mini borrachera por eso mismo. Cuando mi madre ya tenía casi todo el inconsciente activo empecé a decir cosas, pero las decía a medias, lo que me salvó luego. Le dije algo así como: "Má, soy lesbiana y qué". Por dios, se armó la maratón de los 100 metros en el apartamento; se puso muy brava, más o menos me acuerdo que brincaba por sillas, me metí debajo de la mesa del comedor, y creo que la embarré porque en ese escondite me cogió y me haló de la camiseta. Me dijo: “Ya le sentí el tufo de razón, está diciendo barbaridades”. Pero no, en medio de eso estaba un poco consciente de todo, me metió un correazo, que duré 3 días sentándome de lado y mis compañeros de cole se burlaban de mí diciendo esta bestialidad: “Marica, su novio le dio muy duro”; los quería matar, yo sabía que no era eso. Pasó una semana después de eso, y mis padres me llamaron y me preguntaron que cómo así, que por qué había dicho eso. Y contesté: “No sé”. Se pusieron bravos y simplemente pregunté qué tal que fuera verdad. Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. Y me la sentenciaron, me dijeron “Mire, Eliana Rocío, donde usted salga con una de esas maricaditas lo juramos que se va de la casa y nada de estudio superior, se mantiene sola, nada de nada. Usted sabe que eso es pecado”.
Creo que en mi casa no se puede decir nada. Lo intenté y también he tratado de llegarles con el tema pero no, ellos son muy tajantes. Tengo la plena seguridad de que ellos saben que soy lesbiana y no me da pena decirlo. Otra cosa es que no lo quieran aceptar, pero ya lo saben, es obvio: sólo me llaman niñas, además sólo llevo niñas a la casa, sólo rumba con niñas, creo que ya es hora de que abran sus mentes, pues yo no soy ninguna androide, simplemente una mujer que gusta de las de su mismo género y ya. No es más.
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