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En los años de facultad, alguien pidió al profesor de publicidad pruebas de que existiera aquello denominado ‘publicidad subliminal’. El profesor llevaba largo rato hablándonos de su dificultad para detectarla y mostrándonos ejemplos enrevesados, así que era fácil concluir que, tal vez, la publicidad subliminal ni siquiera existía. Y alguien preguntó: -¿Cómo estamos seguros de que existe, de que hay empresas que deliberadamente la utilizan en sus campañas? Y el profesor respondió: -Muy sencillo: porque se prohibe.
Tenía razón. Que estuviera expresamente prohibida por la Ley General de Publicidad era la prueba evidente de que existir, existía. Ocurre así: la negación esforzada y reiterada de un acontecimiento es a veces la mejor prueba de que dicho acontecimiento tiene lugar. Uno piensa en ello cuando conoce el lema del manifiesto del próximo día del Orgullo (5 de julio): ‘por la visibilidad lésbica’. Que aún sea relevante destacar la necesidad de que la gran mitad del colectivo LGTB renueve su cuota de orgullo, de evidencia, de presencia pública, de entidad esencial, es una prueba palmaria de que aún no se ha llegado lo lejos que se debería. Desde la intelectualidad heterosexual –y muchas veces homosexual masculina- se pretende debatir y explicar el hecho indiscutible de la diferencia de grado entre la visibilidad homosexual femenina y la masculina. Se aportan teorías socioculturales –eso tan cierto de que la presencia pública aún menor de la mujer en la sociedad generalista ecuentra idéntico reflejo en la sociedad LGTB- y otras antropológicas más atrevidas, como aquello de que la vivencia de las relaciones homosexuales entre mujeres es por definición más soterrada unas veces –machismo social- y más equívoca otras -más mujeres bisexuales que hombres, aún hay quien se entretiene con este tipo de estadísticas-.
La cuestión es que el mero hecho de debatirlo, el mero hecho de buscarle una explicación en los pantantosos terrenos de lo biológico o lo cultural, incluso de entrar en el debate metalingüístico de si ‘lesbiana’ es un término apropiado o no, es una forma más de machismo. O de no apostar por la igualdad real, que tanto da.
Da igual por qué. No importan las causas, ni siquiera lo evidente de la coyuntura actual. Está bien que el encuentro estatal de plataformas haya decidido un lema tan contundente, por más que a muchos les pueda parecer reiterativo o innecesario. Está bien que los focos de los media y de la opinión púbica regresen sobre las mujeres que componen el colectivo LGTB. Está bien que se vuelva a hablar de lesbianas, de lesbianas madres, de lesbianas hijas, de lesbianas que buscan trabajo, de lesbianas que se casan, de lesbianas en la palestra y de lesbianas en el armario. Del movimiento feminista hoy, del movimiento lésbico hoy. Ya es hora de que hablen las mujeres de lo complejo y lo trascendental de dicho movimiento en su dimensión social y en su dimensión íntima, y lo hagamos menos los hombres. No más ‘antoniosgala’ de la vida que se abanderan de la condición femenina.
Así que me alegro mucho del lema para el Orgullo 2008 y lo suscribo hasta hartarme. Y ya me callo, para ser consecuente. Es vuestro turno.
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