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La obscuridad envuelve mi habitación y me pregunto qué habrá más allá de lo que mis ojos alcanzan a ver. Intento imaginar lo que escucho a la distancia, jugando un poco con las sombras que viene a mi compañía; mi alma me pregunta si existe algo más que esas sombras que nos acompañan, me pregunta si encontraré algo, una mínima partícula de vida en ese pesado silencio que oprime mi corazón.
Mis ojos se van acostumbrando poco a poco a la obscuridad y me pregunto ¿mi alma alguna vez lo estará? ¿se acostumbrará a caso al silencio, a la obscuridad, a la soledad?; busco en mi corazón una respuesta sin encontrarla, busco una mínima luz que me haga siquiera pensar que existe una esperanza de vivir, la esperanza de sentir, la esperanza de amar, pero solo encuentro el silencio y la obscuridad que envuelven mi cuerpo, mi alma, mi espíritu, mi vida.
Clamo a voces por alguien que me salve de esta desesperación pero solo responde el silencio, esa soledad que duele, que lastima, que mata poco a poco el alma. Las sombras de la noche llegan como fantasmas, fantasmas de esperanzas ya perdidas, de sueños ya olvidados y de recuerdos muertos y enterrados.
Mi cuerpo se rinde ante el cansancio, más mi alma obstinada se revela esperando intranquila a que llegue de nuevo el día; esperando que la luz de un nuevo amanecer desaparezca los miedos, que le dé una esperanza cada vez ya más lejana; y así con la conciencia casi perdida de una felicidad no encontrada, poco a poco mi alma es vencida y se abandona a los brazos de quien siempre a su lado ha estado; se deja llevar ante promesas no cumplidas, ante amores ya perdidos y ante la vaga promesa de un mañana incierto y un futuro tan lejano como amores ya olvidados.
Poco a poco se van cerrando los ojos de mi alma, poco a poco va dejando de luchar hasta abandonarse en los brazos de su amada soledad.
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