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Este texto es para las personas que anhelan o las que dejaron ir, las que buscan y espero que encuentren pronto.
Y te llamo, y las alternativas se me agotan, te llamo y me ves de frente casi enfrentándote a mi llanto, y mi corazón maltratado. Me miras con furiosa altivez y con un orgullo que no reconozco, en tus ojos pálidos de tanto sufrir, en mis alas extendidas de tanto volar.
Pronuncio palabras al azar, condenas a mis manos para seguirte, para darte otra alternativa a esta soledad de mierda, de sabia dureza que nos consume las entrañas, pero aún sigues caminando de lado y mirándome a la cara sin detallarme, un rostro más que se te borra, una caída más que me explota.
Entonces trato de recordarte, de pintarte el paisaje de tus manos, tu cuello, tu corazón erguido al viento, saco las fotografías que hice de tus pasos junto a los míos, te muestro los videos que hicimos con sonetos, que te declamé un día, que te dejé en silencio una noche.
Pero aun silente me miras con ojos que no conocen, con ojos que solo ven, y pronuncias discursos largos para justificar tu ausencia, cosa que no me importa, cosa que me tiene sin cuidado, solo busco en ellos un lugar donde te pronuncias, para buscarte, para verte de nuevo.
Te tratas de ir y te retengo del brazo pero no te siento, es un muerto a quien toco, es una parte de algo que no reconozco, le suplico a tus labios que me concedan 3, 5, 7 minutos para reconocerte y dejarte ir, con un último adiós, pero a ti, no a la ausencia que te toma el cuerpo y lo hace bailar, caminar, retozar, y aun así sintiendo mi fuerza, casi mi miedo e impotencia, te vas, sin mirar, con tu bastón de ciega que ya no habla, con gafas de sorda que ya no toca.
Entonces yo me quedo con las alas abiertas, el corazón a punto de caerse, mi alma de paraguas y mis brazos en algún lugar de la ciudad, entonces me reclamo al cielo, le grito al intermedio de mis pasos y añoro con desgana un café sin azúcar y un cigarrillo.
Y entro al cafetín que te presenté como mío y que lo convertiste en tu refugio de soles que condenan, de lluvia que me forzaban a abrazarte y te encuentro en cada rincón sin musitar palabra, y cierro los ojos y siento en mi piel cada caricia marcada, tatuada en mi piel y que es un adorno para que nadie vea mi muerte lenta, mi muerte con cadenas en los pies.
Recojo en el tinto de la noche, mis palabras, lágrimas, tu pasos y mis pocas luces antes de partirme y volar de nuevo, y te digo adiós, y contemplo y amo de nuevo a tu espalda, y le digo “hasta pronto” y ella me mira con delicadeza y devoción y solo musita “ya será”, yo respondo a media luz y con cuartos de mi alma regándose por mi vientre, “ojalá sea pronto”.
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